Hace sólo unas semanas le diagnosticaron cáncer al pulmón. Sin embargo, es un hombre de una gran fortaleza. Un ser que confiesa que a diario se le olvida que está enfermo y que, en su razonamiento, no cabe la muerte. Con todo, es un enamorado de sus mujeres, la periodista Cecilia Rovaretti y de su hija, María Alcira. A continuación las confesiones de un luchador, conquistador, que estuvo viviendo más de 20 años en París.

Por: Carolina Honorato C. / Fotos: Ronny Belmar


Esta es una traición, es injusto, porque hace 10 años que dejé de fumar”, dice tajante Ricarte Soto, el hombre que cambió más de 30 cigarros Marlboro rojo, por una rutina sana, de ejercicios y de chequeos anuales.
Ricarte Soto, el periodista político, de escuela francesa, es un hombre intimidante, inteligente, rápido y muy analítico. Aun así, hay algo en él que no se condice con que haya pasado a ser comentarista de espectáculo. Quizás es su humor negro o su capacidad aguda de ver las cosas.
Hace 10 años le diagnosticaron un enfisema pulmonar. “Me sentí muy estúpido por haber quemado mis pulmones. Me sentí un imbécil. Además, cuando uno ve el scanner es realmente impresionante”, comenta muy sereno, mientras disfruta de un café.
Hasta hace unas semanas, se chequeaba regularmente, hacía deporte y su único vicio era comer chicles de nicotina.
“Soy adicto a la nicotina, pero mis pulmones estaban limpios de tabaco. El último chequeo me lo había hecho en abril de 2009 y ahora, en este abril, me descubrieron al desgraciado”. Y mientras caminaban por los pasillos de la Clínica Santa María, su doctor le dijo que tenía cáncer.
“La verdad es que ese día no le dije nada a nadie. Esperé hablar con el cirujano y tener toda la información y cuando tuve claro la situación, les conté a mis dos mujeres que me tenía que operar para ver lo que tenía en el pulmón izquierdo. Mi hija se afectó mucho, desgraciadamente, y eso es lo que más me preocupa”.
Ricarte conoció a su mujer, la periodista argentina Cecilia Rovaretti, en París. Su amor fue fulminante y desde entonces están juntos, aunque sólo se casaron por el registro civil hace siete años. Tienen una hija de 19, que estudia arquitectura.
–¿Cecilia es una mujer fuerte?
–Muy fuerte. Todos los somos, pero hemos llorado. La primera vez que lloré, fue cuando estuve con el oncólogo. Asumir la palabra cáncer es terrible, pero más aún, estar con un oncólogo. El te habla de que es un cáncer fregado, no habla de éxito ni de probabilidades. Ahí lloramos los tres.

“Es una traición”

La operación fue un éxito. Le sacaron gran parte del pulmón izquierdo, dos costillas y unos ganglios. Hoy no tiene nada. Debe hacerse cuatro quimioterapias, ya pasó por una y agradece haberse sentido bien.
–¿Qué pasa cuando te dicen que tienes cáncer? ¿Con tus expectativas de vida?
–A mí se me olvida que tengo cáncer. Y en esta etapa me convencí que no soy creyente. No me he encomendado a nadie.
¿Qué te sostiene?
–La razón y ella me dice que tengo posibilidades de seguir. Igual es una traición. Hace 10 años que no fumo. Mis pulmones estaban limpios.
–¿Qué te dijo el doctor?
–Mi señora le preguntó si valía la pena y él dijo que sí.
–Pero a ti, ¿qué te pasa? ¿Estás asustado? ¿Piensas en el futuro? ¿En tu hija?
–A veces me asalta la duda si el tratamiento…, pero en el día se me olvida que tengo cáncer y para mí eso es bueno.
–¿Piensas en la muerte?
–No. No he pensado en la muerte. No me cabe que me vaya a morir. Tampoco leo Internet para investigar. Hay gente cariñosa que me dice que tome bicarbonato, que coma gusanos, etcétera, pero no, mi vida sigue.
–¿Bloqueaste el cáncer?
–Hay que bloquearlo. Estoy dando la pelea, pero de verdad se me olvida que tengo cáncer. Mi señora dijo una frase muy buena: “Todos se preguntan ¿por qué a mí? Y debiera ser: ¿Por qué no a mí?”.
Reconoce que las experiencias buenas de otros lo motivan. “En la calle me he encontrado con mucha gente que ha padecido de cáncer y vive. Eso es muy bueno”.
–¿Tienes alguna reflexión?
–No tengo cuentas pendientes. Estoy con la mujer que quiero y eso que estuvimos separados tres años. Y yo no voy a cambiar por esto, voy a seguir siendo el mismo “hijo de puta” de siempre. Las mismas taras y atributos.
–¿Por qué a ti, entonces?
–Por genética. No porque deba cambiar, aprender algo.
¿Te da miedo morirte?
–No lo pienso. Pero cuando veo a mi señora y a mi hija, sé que me daría mucha pena dejar de verlas.
Hay un atisbo de emoción, por primera vez.
Igual confiesa que está comiendo ciertos alimentos que, según estudios de un oncólogo francés, hacen bien. “Partí a comprar un frasco grande de alcaparras y las como a toda hora. También estoy tomando harto té verde”.

“Me salvé de haber sido un cretino”

Ricarte Soto es un hombre intrigante, muy amable, observador. Uno nunca sabe bien si se está lo suficientemente preparado para conversar con él, porque sabe de todo. Le fascina la política, el mundo de las ideas y es bien crítico del mundo político chileno.
“Desde los 15 años que soy periodista”, comenta. “Tuve la oportunidad en Buenos Aires de vivir cerca del escritor Manuel Rojas y a él le escribía un boletín noticioso, que hacía escuchando radio… El me pagaba un peso, para alentarme. Además, escribir era una forma de imitar a mi padre, que siempre lo hacía”.
Ricarte era hijo único, fanático de la radio.
“Dejé de ser tonto cuando llegué a Francia. En los años 60, vivía acá en Vitacura, tenía un Fiat 600 y creía que la vida era jauja. Papás y abuela que me regaloneaban mucho”, confiesa, mientras agrega que estuvo tres años en la Escuela Militar y que fue el camino que él mismo se autoimpuso para terminar humanidades. “Yo era muy flojo, entonces busqué eso para terminar el colegio y cuando termino, me fui a París… Pero lo que tengo claro es que, entre los 15 y los 20 años, era un boludo. Los pijes me llevaron por el mal sendero”, y se ríe mientras lo comenta.
En 1973 su vida cambió. Tenía 19 años y su papá que estaba para el Golpe Militar en Francia, se tuvo que quedar allá. “No podía volver, era el segundo en TVN, así es que me mandó a buscar… Y todo lo pelotudo que era, se empezó a transformar, porque apenas llego, me tengo que poner a trabajar de nochero en un hotel”.
Sus papás estaban separados y asegura que su madre fue muy desprendida al decirle que se fuera. “La derecha francesa fue muy generosa con la gente que llegaba de Chile”.
Y mientras era nochero, entró a la universidad a estudiar historia. “La verdad es que crecí de golpe en Francia y me salvé de haber sido un cretino”.
Al principio trabajó en todo lo que pudo, sacando tarros de basura, entre otras cosas. Luego hizo radio con los polacos hasta que un amigo argentino le sugirió que se presentara al concurso que estaba haciendo la radio Francia Internacional. “Me presenté, las pruebas duraron tres días y gané. Y ahí oficialmente empezó mi carrera periodística, además ya era corresponsal de la radio Cooperativa”.
Entre tanto, vivió en Bulgaria, se casó con una búlgara, pero las cosas no resultaron. “Fue una equivocación y me separé. Tuve muchas mujeres. Yo era muy mujeriego, además viví con mucha de ellas. Sufrí por amor, era muy enamoradizo…”.
Sin embargo, todo eso cambió cuando conoció a su mujer. Cecilia también trabajaba en la radio. “Apenas la vi, la encontré exquisita. Abrí la puerta, ella estaba comiendo un sándwich sobre su escritorio y me alucinó. Al tercer día la invité a tomar un café. Yo vendía la pomada de intelectual y hablaba del marxismo, aunque a ella le importaba un bledo. Usaba humita con chaquetas de tweed inglesas”.
Cecilia estaba emparejada y le dijo a Ricarte que se decidiera de una vez por todas. Así optó por divorciarse de la búlgara, con la que había vuelto.
Ricarte tenía una muy buena situación económica en París y trabajo asegurado, pero cuando se dio cuenta de que siempre iba a ser un francés de segunda clase, se volvió a Chile. “Yo me puse a escribir para un semanario político francés, pero cuando quise hacerlo sobre Europa o Francia, me dijeron que no. Y eso me golpeó. Fue una desilusión, pero los entendí. Así es que después de 20 años, ya había vuelto la democracia, decidimos volver. Y nos vinimos en pelotas y hoy me da escalofríos recordarlo”.
Cuando llegaron, pidió trabajo en la radio Cooperativa y le dijeron que no porque lo encontraron muy puntudo. “Me deben haber encontrado muy pasado para la punta. Pero por suerte me encontré con un amigo, que era el dueño de la radio Monumental (AM) y él me dio trabajo”. Estuvo ahí casi 10 años, hasta que se acabaron las radios AM.
Presentó currículum en todas las radios, pero no le resultó nada. No obstante, como él mismo dice, es un hombre de suerte.
“Un sábado, me llamó una niña que trabajaba conmigo en la Monumental y que trabajaba con Mauricio Correa en el programa ‘Con mucho cariño’ y me ofreció participar esa noche en el estelar, porque necesitaban un panelista que estuviera contra la farándula. Como no tenía nada que hacer, fui. Despotriqué contra todo y como anduvo bien, Mauricio Correa me invitó al “Buenos días a todos’”.
Partió yendo gratis, hasta que a los tres meses le ofrecieron un contrato que aceptó encantado. Estaba cesante. De eso han pasado siete años y hoy no denostaría a la farándula.
–¿Cuándo te desprejuiciaste de ser periodista de farándula?
–Cuando entendí que había que reírse y trabajar esa veta. Hace tres años. Hice un concurso al aire y entendí que no me tenía que tomar tan en serio la televisión.
Sigue siendo columnista de “La Nación Domingo” y reconoce que le fascina la política. Es militante del PPD y trabajó mucho en la campaña de Eduardo Frei. “Pero a uno lo timbran: hago farándula. Además, tengo un sentimiento, aunque puede parecer un poco petulante, pero yo de los políticos chilenos, ya sean de la Concertación o de la Alianza, no aprendo absolutamente nada y cuando los comparo con los políticos españoles, por ejemplo, las ideas que ellos expresan, pienso que en realidad no vale la pena hacer periodismo político en Chile. Lo más triste que encuentro es que hay gente que no piensa, no reflexiona”, concluye tajantemente Ricarte.

Ricarte Soto
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