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Por Pedro Labra
Icono máximo del chic parisino, la innovadora e influyente diseñadora que creó la marca Chanel y fundó un imperio de la moda y el perfume, no es una recién llegada al mundo del espectáculo. Cuando aún vivía, poco antes de su apacible muerte en 1971 (en la suite del Hotel Ritz que fue su hogar por 37 años), su leyenda inspiró un exitoso musical de Broadway con Katherine Hepburn encarnándola. Luego en la cinta francesa “Chanel solitaria” de 1981, la personificó Marie-France Pisier. Su mito y ajetreada existencia han sido redescubiertas en el último tiempo. Además de éste, el más ambicioso y de mayor presupuesto, hace poco se estrenó en Europa “Coco Chanel e Igor Stravinsky”, filme también francés centrado en el tormentoso idilio de la modista (Anna Mouglalis) y el célebre compositor, y la TV norteamericana exhibió el año pasado una miniserie biográfica con Shirley MacLaine como Coco a los 70.
Dirigida por la experimentada Fontaine, que coescribió el guión junto a su hermana Camille, la película –como lo anuncia su título– recrea los comienzos de la pequeña y miserable niña abandonada por su padre en un orfanato, y su dificultoso ascenso hasta establecerse en los salones de París como autoridad indiscutida en el vestir. El relato se detiene en sus principios como costurera, sus vanos intentos por convertirse en artista de music-hall, el largo período que vivió como amante y mantenida de un noble playboy, y su romance con un acaudalado aventurero inglés, amigo de éste, muerto trágicamente, pero no sin antes financiar su casa de modas.
El filme es, sobre todo, un gran espectáculo de época elaborado con lustrosa prolijidad para que cada imagen sea de irreprochable buen gusto y un deleite para la vista, al nivel de elegancia de su protagonista. Sus méritos técnicos y de producción son inobjetables. Pero más allá de su laborioso envoltorio formal, el desarrollo no alcanza realmente a explicar cómo esta chica retraída y sarcástica, tozuda y voluntariosa, excéntrica y francamente conflictiva, pudo llegar a instalarse en el alto sitial que ocupó. Fontaine sigue su aventura con simpatía y curiosidad, pero sin compromiso emocional. Aunque la historia captura nuestra atención, como todos sus episodios tienen igual valor, resulta plana y fría. Peor aún, sugiere que el intenso arribismo de su protagonista, su resentimiento y malhumorada rebeldía, deben ser terrenos con mucho más para escarbar que lo que aquí se muestra. Agreguemos que Tautou (“Amélie”) con su eterna cara de pregunta, carece de una expresividad capaz de insinuar complejidades mayores.

Dirigida y coescrita por Anne Fontaine. Con Audrey Tautou, Alessandro Nivola, Benoit Poelvoorde.
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